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viernes, 12 de diciembre de 2008

LA PUNTUACIÓN DEL SILENCIO por César Juárez

Cuaderno del expósito
David Lagmanovich
México, Cuadernos de Norte y Sur, 2001
44 págs.

En “De oscuridad en oscuridad”, Paul Celan escribe: “Abriste los ojos — Veo vivir mi oscuridad. / La veo hasta el fondo: / aún allí es mía y vive”. Pues bien: Cuaderno del expósito parece estar estructurado a partir de un dispositivo análogo al que dejan entrever las líneas arriba citadas. En este “poemario”, precisamente, la unidad viene dada —entre otros factores— por este singular modo de generar la discursividad de los poemas: el “yo lírico” habla acerca de sí mismo a partir de la mirada que le devuelve un “otro”. Mi “oscuridad” —diría este “yo”— proviene de la de “ella”. O, si se quiere, “el expósito” proviene de “la expósita”. La mirada del “otro”, en suma, deviene un pozo de sombra que —paradójicamente— ilumina al “yo”. Y decimos que lo ilumina ya que a lo largo del volumen se deja entrever un tránsito conmovedor: aquel que es capaz de llevar nuestra subjetividad —como lo supo advertir Santiago Kovadloff— del “dolor” al “sufrimiento”, entendiendo a este último, claro está, no como algo impuesto sino como algo a lo cual se accede. Diríase que el “yo” de estos poemas ha dejado de soñarse como “idéntico a sí mismo”. Es en esta desgarradura, entonces, donde los poemas de Cuaderno del expósito nacen y se reúnen. Es desde allí, por cierto, que será posible tematizar la condición del expósito para dar con “[…] la mirada / capaz de exorcizar / las mitologías de la sombra”. La notable precisión en lo compositivo a veces pasma. Leamos, por ejemplo, el siguiente poema titulado “Borde”: “Aquel rincón estaba al borde del patio / un patio que estaba al borde del hospicio / un hospicio que estaba al borde del pueblo / un pueblo que estaba al borde del mundo // Pero en ese rincón el expósito soñaba despierto / con un mundo sin bordes / donde alguien vendría a buscarlo / desde el borde de la nada”. Muchos de los más de veinte poemas que integran el libro —como el que acaba de transcribirse— carecen de una explícita puntuación. Y esto es así, parece sugerir David Lagmanovich, puesto que la inteligibilidad del lenguaje requiere de la puntuación del silencio significante que habilita y motoriza cualquier producción de sentido.
Cuaderno del expósito cuenta con una nota final que no puede no leerse. Se trata de cuatro párrafos luminosos que diversos lectores guardarán en sus respectivos cuadernos de bitácora. La última línea reza: “[…] la única verdad que vale la pena perseguir es la realidad de la poesía”.

EL IMPERIO Y SUS VISPERAS por Ma Eugenia Flores de Molinillo

Lo que vi en Estados Unidos y Canadá
Alfredo Coviello
Tucumán, Edición de Autor, 1945
285 págs.


Un vistazo a los cuatro mil títulos de la biblioteca del Dr. Alfredo Coviello (1898-1944), al cuidado del Ente Cultural de Tucumán, revela las variadas y profundas inquietudes intelectuales de ese abogado y filósofo, artífice de la cultura tucumana en su actuación como universitario, periodista, funcionario, escritor y editor de publicaciones culturales.
En su libro póstumo Lo que vi en Estados Unidos y Canadá (1945), con soltura narrativa y aguda percepción, Coviello reúne impresiones del viaje de dos meses, en 1943, a esos países. Auspiciado por el National Press Club de Washington, el grupo de periodistas argentinos visitó ciudades, fábricas, centros de cultura, universidades y un vasto etcétera. Coviello no lo menciona, pero el viaje se gesta en el marco de “la política del buen vecino” con que F.D. Roosevelt buscaba incentivar la simpatía de América Latina hacia el papel de EEUU en la Segunda Guerra Mundial y que produjera, en otro rubro, una película como Three caballeros, de Walt Disney.
Como moderno Marco Polo, Coviello desgrana cifras apabullantes en sus apreciaciones: millones de dólares, de personas, de estudiantes, de autos, de libros, dimensionando así su admiración por la pujanza de una sociedad involucrada en la Guerra con espíritu mesiánico y con el impulso de uno de sus rasgos esenciales: el sentido de una meta a lograr, que permea todas sus actividades.
Comenta sobre la segregación racial en los estados sureños, así como sobre una violenta manifestación de “coloreds” –como llama a los negros, con prematura “corrección política”– en Chicago, donde la segregación, se supone, no existe. Se admira del lugar de la mujer en la sociedad, tanto por su independencia como por su presencia en la producción fabril y cultural. Sarmiento ya se asombraba un siglo antes al ver jovencitas viajando solas.
Más de dos años antes de la derrota del último bastión del Eje, Japón, lo que consolidaría el poderío de EEUU, Coviello vislumbra la victoria y justifica su convicción. Su prematura muerte, por enfermedad, en julio de 1944, le impidió constatar su aserto y privó a Tucumán de un espíritu esclarecido.

EL TECHO EN EL DESIERTO por Ma Laura de Arriba

La historia de Bruria
Denise León
Buenos Aires, Simurg, 2007
Págs. 249


Quisiera detenerme, para comenzar, en la propuesta de Denise León de estudiar los textos de dos escritoras judeo-argentinas, Tamara Kamenszain y Ana maría Shua, desde la flexión autorreferencial del discurso y a partir de la construcción de diversas imágenes del sí mismo como tópicos de sus escrituras. La multiplicidad autofigurativa pone al descubierto las tensiones entre memoria y presente, entre lenguaje y biografía, entre tradición y transgresión y las imágenes se establecen entre tres núcleos fundamentales: género sexual, novela familiar y tradición judía que, a su vez, se anudan con un movimiento específico: el de la repetición en tanto intertextualidad y en tanto proceso que forja la memoria de un grupo para sobrevivir a través del espacio y del tiempo.
Huelga decir que estos propósitos están ampliamente cumplidos a lo largo del desarrollo del texto que se sustenta, además, en un sólido andamiaje teórico que nunca llega a opacar la especificidad y la autonomía de la escritura de Denise León. Pero más allá de estos efectivos aciertos epistemológicos me interesa destacar el modo en que la autora se enfrenta a la tradición y yo diría que este modo es el de una genuina irreverencia unida a la necesidad de homenajear, recordar y reconstruir la propia estirpe familiar y su propio lugar como intelectual crítica.
Denise León, mujer, escritora, judía, tucumana, intelectual crítica, lee lo que otras mujeres, escritoras, judías, intelectuales han escrito y, a su vez, escribe emplazándose en un linaje de mujeres audaces que saben que el único modo de mantener viva una tradición es traicionándola desde una abanico que hibrida reproducción y producción nueva de sentidos.
En contra de todo intento de fijar coordenadas identitarias inmóviles el texto detecta justamente lo contrario, la movilidad, el desplazamiento y la metamorfosis de las identidades plurales. Con la misma soltura Denise León, mujer, escritora, judía, tucumana, intelectual crítica lee lo que los altos padres de la crítica han afirmado y con la misma genuina, saludable y audaz irreverencia se permite disentir. Es decir, se permite pensar a contrapelo de la Doxa establecida y desafiarla porque la solvencia teórica de ningún modo es un obstáculo para pensar con ojos nuevos y articular, asimismo, una voz joven de la crítica argentina. Y digo una voz joven y nueva en dos sentidos: por un lado atendiendo a la edad de Denise pero, por otro, teniendo en cuenta la calidad de un texto que conmueve, justamente, porque se permite la poesía, la pasión, el guiño autobiográfico, permite que en él ingrese la bobe con sus preguntas y saberes junto con los relatos de Bruria y Ruth, junto con una primera persona que no vacila en afirmarse como un yo autónomo que elimina las reticencias y disculpas a las que la crítica académica nos tiene acostumbrados.
Finalmente, sólo agregar que a estas alturas ya sabemos que si leemos un libro, ese libro también nos lee. Juego de la repetición y la diferencia. Deleuze pero antes Nietzsche y el eterno retorno. Denise construye una primera persona afirmativa y enfática para leer de otro modo la tradición escrituraria femenina, judía, argentina, probablemente porque su curiosidad intelectual la ha llevado, así, a leerse a sí misma y esto nos permite instalar su gesto en el linaje de la crítica como ejercicio o flexión autobiográfica. Juego de la repetición: la historia de Bruria en sintonía con la historia de Denise. Juego de la diferencia: Denise habría intervenido con fervor en los debates del milagroso Rabí Meir, su marido, y, felizmente, nadie la habría podido detener.

EL CENTRO OPULENTO Y EL DESOLADO ORBE DE LAS PROVINCIAS por Fabián Soberón

El margen, el centro
Osvaldo Aguirre
Jujuy, Perro Pila, 2006
Págs. 43


No había leído un libro dedicado exclusivamente a la literatura de Jujuy que abarcara —en pocas páginas— los diferentes géneros literarios, hasta que descubrí El margen, el centro de Osvaldo Aguirre. El libro, un exotismo en la literatura crítica argentina —publicado por la editorial Perro Pila— reúne una entrevista al escritor y periodista Reynaldo Castro por su libro Con vida los llevaron; una reseña sobre la primera novela de Héctor Tizón escrita en el exilio; un ensayo sobre la Antología poética de Néstor Groppa; una conversación con Héctor Tizón marcada por las preguntas lúcidas; una nota sobre la mítica revista Tarja y dos artículos reveladores sobre poetas secretas. Notas y entrevistas conforman un catálogo atípico y personal de los diferentes modos de la literatura de esa provincia: poesía, investigación periodística, crónica-historia, revista y novela.
En la nota preliminar, Aguirre escribe una declaración de principios que es, al mismo tiempo, una proclama sobre la relación difícil y asimétrica entre las provincias y Buenos Aires. Dice el autor: “[…] los textos responden finalmente, creo, a la pregunta y a la curiosidad por los márgenes. Que es, o suele ser, mucho más inestable, y más interesante que lo que brilla en el centro”.
Osvaldo Aguirre nació en Colón, provincia de Santa Fe, y vive en Rosario. No deja de sorprender que un santafesino se interese por los márgenes del norte. Y no es sólo este el caso. Entre los muchos libros publicados, Aguirre ha escrito una ágil y voluminosa crónica de las aventuras de la pandilla de Butch Cassidy en la Patagonia. Con lo cual, advertimos que el autor de El margen, el centro no sólo se ha preocupado por los olvidados recovecos de la literatura del norte sino también por los salvajes rincones del sur del país. Extraño oficio el de Aguirre. Extraño y necesario, ya que no abundan los libros que se ocupen de la literatura del norte y, menos aun, de la de Jujuy.
El libro acumula comentarios que estimulan la lectura de los autores reseñados. En la nota dedicada a la poesía de la desaparecida Alcira Fidalgo, Aguirre afirma: “El desarraigo y la distancia de la tierra natal son los motivos principales de la escritura inicial. Los poemas aspiran a la ligereza del mismo viento que se añora y se configuran a manera de suspiros, en textos breves, a menudo aforísticos”. Sobre la novela El viejo soldado, de Tizón, escribe: “La publicación de esta novela más de veinte años después del momento de su escritura se explica por los méritos literarios pero también porque el drama que la desencadenó es parte de la actualidad”. En la conversación con el narrador jujeño, Aguirre anota una pregunta que sorprende al lector y, quizás, al entrevistado: “En La casa y el viento dice que la historia de un hombre es un largo rodeo alrededor de su casa. ¿Esa casa es también la lengua en que escribe?” Tizón, por supuesto, responde que sí. La brevedad de su respuesta nos informa que la pregunta es oportuna y que la intensidad de la asociación entre la “casa” y la “lengua” no requiere de largos excursos.
Hacia el final de la nota sobre la revista Tarja Aguirre concluye: “[…] al releer las páginas de Tarja se tiene la impresión de que el auténtico espíritu moderno y de renovación no alienta en los centros sino en sus márgenes”. Al releer las páginas de El margen, el centro se tiene la impresión de que es imprescindible que libros como este se multipliquen y se difundan no sólo en Buenos Aires sino que sean leídos por los propios habitantes del norte.

CRONICA DE UN JOVEN SOLO por Adrián Bonilla

La prisión de Bautista
Dardo Nofal
Buenos Aires, Corregidor, 2001
Págs. 125


Cuando Gabriel —narrador de La prisión de Bautista— se queda solo y dubitativo en el umbral de su casa, pienso en ese pasaje de la Insoportable levedad del ser donde se afirma que: “El hombre nunca puede saber qué debe querer, porque vive sólo una vida y no tiene modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus vidas posteriores”. Pero: ¿Quién puede asegurar que sólo se vive una vida mientras se avanza inexorablemente hacia la muerte? ¿Sabe Gabriel, a pesar de su juventud, qué debe querer habiendo vivido dos vidas y pudiendo compararlas? La historia de Gabriel —especie de crónica de la vida privada— es diferente. No es la de quienes quisieron —durante la década del setenta— tomar el cielo por asalto ni la de aquéllos que lo impidieron: es la Historia detrás de la Historia. El protagonismo no es ya de milicos y zurdos, sino de un joven que busca su identidad y su lugar en el mundo.
Cierto día, en pleno proceso, militares irrumpen en el céntrico domicilio de Gabriel. No se sabe del destino corrido por sus padres y su hermana; él, con apenas ocho años, escapa haciéndose depositario de una orfandad —en puntos suspensivos— y un exilio sin que medien su voluntad ni su consentimiento. En la huída Gabriel recala no sólo en los márgenes de la capital y la sociedad tucumanas, sino en las orillas de su propia existencia —hasta debe comprar la identidad de un tal Bautista inscripta en un documento extraviado—. Allí conoce y es contenido por doña Brígida y su hijo, el Quijada —futuro compañero de andanzas—. Tiempo después conocerá a un anciano —suerte de guía existencial— que, como él, también arriba a la villa como un desplazado más. Con los años, nuestro pequeño desterrado va alienándose: “Es como si estuviera casado con aquellos tiempos, que ya no me importan pero me persiguen, me controlan, no me dejan quedar en blanco, como si alguien los enviara a no dejarme en paz”. ¿Cree acaso que vivir sin recuerdos amortizará el precio de su soledad y sufrimiento? ¿Intenta convertirse en ese hombre sin memoria del que habla Milan Kundera? ¿Ése que está impedido para elegir a causa del olvido? Así, violentamente, comienza a vivir su segunda vida. Una segunda vida que, entre tantas otras, puede leerse como una anónima y heredada capitulación; especie de metástasis de la derrota que, sin oportunidad de redención, abreva gratuita e injustamente en el cáncer de los derrotados.
El escritor norteamericano Charles Bukowski decía que la verdadera vida fluía en los hospitales, los manicomios y las cárceles. Nofal agrega un fluido más —permítanme la metáfora— a tanta correntada: la villa de emergencia. Espacio propicio para poner en marcha una exhibición de obscenidades enmarcada en un “realismo sucio” made in Tucumán que muestra —entre otras cosas— los modismos propios del habla en la villa. Registro que convierte a la literatura de Nofal en “maldita”. El estilo coloquial del relato se contrapone a la idea del narrador conspicuo y atildado: el que narra nos hace olvidar que leemos. A decir verdad “escuchamos”. La contundencia del relato no admite dudas: Gabriel dice la verdad. Una verdad en primera persona cercana a la de esos actores improvisados de cine o teatro que sobresalen por su sola naturalidad.
Estimulado por las horas de charla con el anciano, Gabriel comenzará a plantearse la necesidad de una elección: ¿Debe regresar, después de tantos años, a buscar su otra vida? Cuando las dudas lo acorralan, recuerda las palabras del anciano: “No te culpes; no es fácil dejar de ser uno y empezar a ser otro, porque a uno lo hacen los demás casi como de fábrica, y al otro lo tiene que hacer uno. Entonces tenés que ir eligiendo”. ¿Será la elección de Gabriel la más ventajosa? ¿Encontrará lo que espera? ¿La vida que elegirá será mejor que la que lleva? ¿Qué consecuencias acarreará su elección? En Memorias del subsuelo, de Dostoievsky, el narrador afirma: “¿Pueden ustedes definir con precisión en que consiste la ventaja para el hombre? ¿Y qué me dicen si alguna vez la ventaja no sólo puede, sino debe, en algunos casos consistir en desear lo que no sólo es malo, sino tampoco ventajoso?”

DEL CENTRO A LAS RAICES Y DE NUEVO AL CENTRO por Denisse Oliszewski

La invención literaria del folklore. Joaquín V. González y la otra modernidad.
Diego J. Chein
Tucumán, 2007
116 págs.

Diego Chein, Doctor en Letras y Magíster en Ciencias Sociales, se vale de la figura del intelectual riojano, Joaquín V. González, para explicar el encuentro entre folklore y literatura que se produce en la Argentina de fines del siglo XIX. Con la lectura de este libro iniciamos un doble viaje: en el primero acompañamos al letrado riojano, que vuelve a su pago natal, para recuperar las experiencias y los relatos de la infancia. El segundo es un viaje que realiza el lector guiado de manera hábil por el investigador, hacia los orígenes del emergente campo literario nacional.
La invención literaria del folklore es un ensayo crítico que se organiza en base a tres capítulos: “La poesía primitiva” es el primero de ellos, en donde observamos, a partir del análisis discursivo, el modo en que Joaquín V. González usa en su obra Mis Montañas el tópico del viaje de retorno para recuperar los relatos orales de su pueblo como elementos valiosos para la construcción de una tradición nacional. Como sostiene el autor “[…] el viaje de retorno desde la capital a la provincia, desde la ciudad al campo, desde la edad adulta a la infancia, materializa el sentido de la operación del rescate de la tradición y la poesía, del autentico espíritu o sentimiento del pueblo, que se halla en el núcleo de este programa para una verdadera literatura nacional”. El riojano se presenta a sí mismo como la fuente privilegiada de una auténtica literatura nacional por su doble carácter de letrado y erudito. En esta dualidad reproduce representaciones que apuntan a mostrar a las provincias como espacios que atesoran lo incontaminado y propio de la nación versus una capital cosmopolita que toma como modelo lo foráneo. Los relatos orales representan para Joaquín V. González la materia prima fundamental en la construcción de un genuino canon literario.
En el segundo capítulo: “Los poetas de mi patria” el autor mueve la mirada desde la obra de Joaquín V. González hacia las condiciones históricas y sociales de producción y circulación de sus textos. De un modo sutil sitúa al lector en las tensiones del campo intelectual nacional permitiéndole vislumbrar la articulación del proyecto literario del riojano con su contexto de producción. Vemos cómo el campo literario emergente comienza a independizarse del campo historiográfico y del hacer político entre otros.
En el último capítulo, “El poeta nacional del porvenir”, Chein evalúa el papel que jugó la figura de Joaquín V. González en la definición de un canon literario nacional que busca constituirse como tal a partir de la suma de lo que ciertos intelectuales de la época estimaron como literaturas regionales representativas del “espíritu del pueblo argentino”. El folklore, entendido como las tradiciones de los pueblos, cobra su dimensión literaria en tanto herramienta estratégica para la construcción de una identidad criolla.
La propuesta analítica de Chein, quien se desempeña como investigador del CONICET y docente de la UNT, permite comprender las tensiones que surcaron los orígenes del campo literario argentino, cuyo carácter heterónomo muestra la coexistencia de un incipiente discurso criollista de la identidad nacional alimentado por los intelectuales de provincia como Joaquín V. González, paralelamente a un discurso moderno y cosmopolita proveniente de la capital. El autor destaca con lucidez el uso que hicieron intelectuales de fines del siglo XIX de su el origen provinciano, transformando esta característica en un capital simbólico que les permitió configurarse y posicionarse dentro del campo letrado los como representantes y portavoces legítimos de las tradiciones del pueblo.

miércoles, 9 de julio de 2008

SOBRE LAS COACCIONES DEL PENSAR por Ingrid Placereano

El “Filósofo Topo”. Sobre Nietzsche y el lenguaje
Lucía Piossek Prebisch
Universidad Nacional de Tucumán, 2005.
178 págs.


Tres figuras aparecen como constitutivas del perfil de filósofo de Nietzsche: el pájaro, el topo y el artista. Si bien las interpretaciones clásicas pusieron el acento en el filósofo pájaro con su anuncio del nihilismo, y en el filósofo artista con la recuperación del mundo sensible y la alegría por él propuesta, Lucía Piossek Prebisch dirige su mirada al topo –la figura menos trabajada pero no por ello menos importante para comprender el pensamiento nietzscheano–, que se presenta así como uno de los precursores del llamado “giro lingüístico” de la filosofía contemporánea. Para ello reúne en este volumen diferentes artículos, publicados previamente en revistas especializadas y actas de Congresos y Jornadas internacionales.
El lenguaje cobra importancia en el pensamiento de Nietzsche en un doble aspecto: en el modo personal en que lo usa –que en algunos puntos dificulta la comprensión de sus ideas–; y como objeto de reflexión, ámbito en el cual la figura del topo resulta iluminadora para representar su propia postura. El filósofo topo es el que, horadando el terreno, ataca los cimientos de lo ya establecido. Aquí se muestra claramente la inactualidad de Nietzsche, quien rompe así con las creencias y supuestos de su tiempo, conjunto al que él denomina moral y que puede interpretarse como la metafísica tradicional. Así, este pensador se muestra, al decir de la autora, como “un filólogo que traspasa los límites de su competencia profesional y comienza a preguntarse por la esencia y las posibilidades expresivas del lenguaje, y por la inextricable trabazón de palabra y pensamiento”.
De este modo, la crítica a la metafísica que lleva a cabo en el plano lingüístico incluye el descubrimiento de dos coacciones que el propio lenguaje ejerce sobre el pensamiento: la coacción semántica, a través del ataque a la noción de verdad y a los conceptos; y la coacción gramatical, que Nietzsche muestra en una clara crítica a Descartes y a su cogito ergo sum.
Además de trabajar minuciosamente sobre el pensamiento de este filósofo, es interesante encontrar, en varios de los artículos, comparaciones con Hans G. Gadamer tomando nociones tan fundamentales como la verdad, el lenguaje, la razón y la interpretación. En este sentido, se dedican dos artículos al tema de la interpretación y la traducción, que muestran importantes reflexiones de la autora sobre el papel de ésta última en la filosofía, y en la filosofía argentina especialmente.
Con su conocido interés sobre la actividad filosófica en nuestro país, la profesora Lucía Piossek Prebisch dedica el penúltimo artículo a la recepción de Nietzsche en Argentina, en el que señala, en una visión global e iluminadora, algunas de sus influencias en medios especializados. Aquí aparecen figuras de la talla de Alejandro Korn, Juan B. Terán, Francisco Romero, Adolfo Carpio, etc., para ilustrar los ecos nietzscheanos en los distintos períodos del siglo XX –por ejemplo, las primeras cuatro décadas, los ’60, los últimos años- en los cuales la mirada y la valoración de la obra de Nietzsche recorren diferentes tópicos y posturas que le permiten dejar su inicial posición “extramuros” para instalarse en el centro de la preocupación y actividad académicas.
Este volumen ofrece al final una versión del póstumo nietzcheano “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, traducido por la propia autora. Texto bello y clave para entender la postura de este pensador con respecto a la relación lenguaje y pensamiento y en el que se despliega, en todo su esplendor, la coacción semántica y, a partir de ella, la fuerte crítica a la metafísica.
Todo el libro está poblado de observaciones y reflexiones en primera persona que señalan la presencia de un autor sólido y responsable de lo que dice, sumado a serias y detalladas referencias bibliográficas. Esto no le impide a la autora acercarse al lector con confianza y es así que, en muchos momentos de la lectura, se tiene la sensación de estar presenciando una clase. Con esto, se pone de manifiesto la atención puesta en la reflexión sobre el lenguaje, pero también en el modo en que éste es usado; modo que, en vez de dificultar la interpretación como en Nietzsche, la clarifica, dotando de amabilidad y placer a la lectura.

UNA MUSICA DESNUDA por Adrián Bonilla

Una lágrima por el cóndor
Dardo Nofal
Corregidor, 1995
160 págs.

Leer Una lágrima por el cóndor, primera novela del escritor santiagueño Dardo Nofal, es leer una breve historia del desencanto. Autobiográfica, la novela rememora las experiencias y transformaciones que templaron la vida del autor impregnada en todos sus pasajes por un común denominador: la relación entre amor y muerte.
Un secuestro y asesinato por encargo ocurrido durante la última dictadura militar sirve de disparador para que Nofal, hastiado de tanta miseria humana, se refugie en sus recuerdos de infancia. Aun así, las historias que nos cuenta no son nada cómodas para el niño y el adolescente que las vivió. Eso sí: como un lugar común, o el cliché todo tiempo pasado fue mejor, por entonces aún había esperanza. Pronto la adultez y la angustia existencial tejerán una telaraña de la cual será difícil escapar. “No es sencillo, viejo, llevarse a cuestas. Entre Dios, la muerte y las dudas de uno se arma un equipaje muy jodido”, nos dice desde la mesa de un bar el Flaco, personaje de la bohemia tucumana y de las páginas más intensas del libro.
El periplo de los hechos narrados parte desde el obraje santiagueño –Quebracho Coto–, pasando por Santa Rosa de Leales –Tucumán–, hasta llegar a Villa 9 de Julio, en la capital tucumana. Si hay algo que Nofal logra con maestría es hacer entrañables a los personajes que evoca: el negro Bárquez, un mulato que con su armónica alegra los carnavales de Quebracho Coto; Luli, obrero golondrina, corredor de cuadreras e inseparable de su caballo Togo; Rubén Castillo, lustrabotas tucumano que en una noche de alcohol y tal vez de bronca, mata a un hombre en una estación ferroviaria, anticipando así el titular que pocos años después, en la sección policiales de La Voz del Interior, sellaría su destino: “Linyera tucumano asesinado”; Roberto Santucho y el encuentro previo a su caída donde, vestido de sacerdote, burla la guardia de conscriptos apostada en la entrada de LV 12 para reunirse con su amigo y decirle: “Me debe quedar bien el hábito, porque todo lo que hice lo hice con fe”. Otro personaje evocado desde la nostalgia es el Flaco –Alberto Elsinger–, periodista de La Gaceta, pasajero nocturno y solitario de bares donde el filo y la mordacidad de su pensamiento, sazonados con ginebra, no hacían mella. Porque “lo que buscaba el Flaco era quedarse a solas con Dylan Thomas, Nietzsche, Mayakovski o García Lorca. En ocasiones la ginebra le doblaba las finanzas y después no tenía ni un peso para el plato de locro”. En tales ocasiones, y ante la posibilidad de que alguien le pagara una comida, su actitud rayaba la misantropía: “Prefiero acostarme con hambre y no sentarme con idiotas, viejo”.
Una lágrima por el cóndor es también la historia de una iniciación sentimental y política. Pasan por las mejores páginas del libro discusiones estéticas e intelectuales en torno al peronismo. Resumen y preludio, quizá, del estado de cosas que desembocó en la última y más sangrienta aventura militar. El Flaco, como un aniquilador de falsas conciencias, se convierte en esa lucidez que ni siquiera a solas nos atrevemos a entrever o a escarbar: “en el fondo, lo sabía, era el Flaco el que azotaba impiadosamente mis ansias de redentor, mi ideología que albergaba a los estragados sociales, mi ilusión de un mundo distinto. A veces, cuando resucitaban esos afanes justicieros, venía él y en un santiamén los transformaba en añicos”, apunta nuestro narrador. El pesimismo, especie de repelente para ilusos, ahuyentaba los ideales de un Nofal todavía creyente: “Esa cárcel de mordacidad descreída en que el Flaco había convertido su existencia me alejó de él por un tiempo. Yo necesitaba creer y hacer”.
Frente a la novela de Nofal, me pregunto: ¿Acaso, como el Flaco, deberíamos convertirnos en “un quijote que miraba las aspas del molino, sin confundirlas”? ¿No será además, entre tantas historias, la historia de un despertar?

PARTICULAS DE ETERNIDAD por Nancy Fernández

Vidas breves
Fabián Soberón
Simurg, 2007
96 págs.


El nuevo libro de Fabián Soberón titulado Vidas breves se hace cargo de una larga tradición en el género de las biografías: así va de Diógenes Laercio a Guillermo Cabrera Infante, de Marcel Schwob a Jorge Luis Borges. Pronto advertimos algo más que un ajuste de cuentas con los ancestros, más allá del minucioso trabajo que sella la legitimación del legado libresco. La tapa de esta primera edición a cargo de Simurg es un modo de plantear el doble en el espejo, que, a tientas y de espaldas, permanece incompleto. En la aporía de haber nacido y no ser nada, la escritura realiza un intento, más allá de malograrse previsiblemente en la derrota, tal como sugiere el reverso de la firma en el prólogo de Arturo Serna. Cuando Ciorán, uno de los filósofos biografiados, cierra sus ojos por última vez, es el mundo es el que deja de existir –y no a la inversa–. Como si el nombre se convirtiera en partícula de eternidad, la adjetivación justa y precisa de un tiempo “lerdo” sugiere un transcurso demorado en sintonía con la intensa puntualidad de un destino. El universo fija su clave en la trama secreta del tiempo y del espacio.
El ajedrez puede ser metáfora y motivo de la estrategia diseñada para obtener el don del sentido, la razón de la vida de artista y la pulsión de ser desde el horizonte del mundo. En esta línea podemos pensar la funcionalidad de los epígrafes iniciales que invocan, como autor y personaje, a William Shakespeare: teatro y máscara, disfraz y actuación, señalan la eficacia del acto vital por antonomasia: la inscripción decisiva del albur. El autor funde su experiencia con la de sus artistas, haciendo de su escritura el disparador lúcido de una cámara en procura de la intensidad. Así, la brevedad adquiere su forma, su sentido y su fortuna. En esta senda se combinan la fatalidad del no saber que el azar dispone para Basho, Séneca y Caravaggio y los destellos que, entre Oriente y Occidente, conciben el enigma de ser la sombra de otro. Giordano Bruno, desistiendo del favor de la ciencia, también convoca la semejanza de un final por la fe, atento al propio crepitar de la piel y la madera. Los caminos que toman Li Po o Montaigne muestran la soledad extrema de la intemperie que Soberón desanda con atención en páginas reveladoras. Saber y no saber escanden la epifanía del universo frente a su misterio.
El autor, entonces, adopta una posición de empatía, figurando el instante definitivo que marcará la duración de cada nombre propio. Borges es un referente de Vidas breves a la hora de pensar en técnica y estilo. El oxímoron tiene una frecuencia considerable si prestamos atención a la cesura que junta y separa vida y muerte, tela delgada y próxima a la vez: susurro ininteligible que se revela en el punto preciso de la biografía. Es allí donde la sintaxis, impecable, remeda el intento por tomar el perfil justo de una escena, la exactitud de una palabra y del ritmo de la puntuación. Aquí, la mirada concentrada del narrador vacila, al modo de Borges, entre la omnisciencia y la incertidumbre.
Ciencia, historia, filosofía y artes –las letras, la pintura y la música– prestan forma al desafío oracular del mundo, allí donde el Támesis, el Rhin, el Sena y el Río de la Plata son los testigos oficiantes de las partituras más memorables.

LA VIGILIA DE UNA POETA por César Juárez

Opus Lunar
Nélida Cañas
Salta, Mercedes Saravia, 2007
12 págs.


“Hay tanta soledad en ese oro. / La luna de las noches no es la luna / Que vio el primer Adán. Los largos siglos / De la vigilia humana la han colmado / De antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo”. Este poema de Jorge Luis Borges —perteneciente a La moneda de hierro [1976], y titulado “La Luna”— bien puede ofrecer una senda para abrirnos paso en la mínima “plaquette” de Nélida Cañas. De hecho, de la lectura de Opus Lunar se desprende la misma intuición: la luna como espejo de esa extraña cosa que somos. El volumen contiene seis poemas de diversa extensión: “Emily, la pervertida de rocío”; “Las mareas de la luna”; “Crónica de un cuerpo negado”; “Piedra en el fondo del mar”; “Aprendizaje” y “Mujer descalza”. El primero, sin duda el más extenso, opera a partir de intersticios que la poeta encuentra en los poemas de Emily Dickinson y que —según lo explicita— le permiten establecer un diálogo imaginario con ella. “Emily, la pervertida de rocío” posee ocho momentos, no necesariamente sucesivos, señalados por asteriscos. Veamos: “Emily / sigo tu respiración / contigo en el desierto / en la sed / en el bosque de tamarindos / ebria de aire / pervertida de rocío / en el ciervo herido / que salta más alto / por el éxtasis de la muerte // Querida Emily / como a ti / el más pequeño manto / me servirá”. Es curioso lo que sucede con los asteriscos en la página: por momentos parecen pequeñas estrellas gráficas en el espacio. “Las mareas de la luna”, también estructurado en momentos con asteriscos, muestra a una Isadora Duncan que “ve la muerte / en la cara de la luna / y comprende el lenguaje / de los sueños”. “Crónica de un cuerpo negado” y “Aprendizaje” presentan un yo lírico que tematiza la asunción del cuerpo propio. Leamos el segundo: “aprendí a bordar / tempranamente / en punto sombra / la verdad primera / de mi ser mujer / puntada por puntada / apretada / prolija / los ojos fijos / de la aguja / al diseño / punto sombra / punto atrás / punto cruz / orillando el deseo”. La precisión con la que Nélida Cañas corta cada una de las líneas del poema queda evidenciada aquí. Diríase que los poemas respiran a través de un ritmo terso y ágil al mismo tiempo. “Piedra en el fondo del mar”, por su parte, desarrolla una historia. En él, los dispositivos narrativos no entorpecen en modo alguna la fluidez de la escritura poética. Finalmente, “Mujer descalza”, elabora la siguiente sucesión de imágenes: “estaba descalza / rodeada de copas rotas / me detuve en la puerta / para verla / y no la nombré / para no asustarla // ella seguía ahí / entre trozos de vidrio / ordenando lo que no estaba / con el cigarrillo en la boca / y el pelo suelto / como un campo lluvioso”. Casi una versión verbal de aquella notable escena construida por Ingmar Bergman en Persona.
Cabe anotar, por último, que Nélida Cañas [1949] ha publicado los siguientes libros: Cifras del misterio, 1988; Sitial del vuelo, 1991; De este lado del mundo, 1996; Animal de lo desconocido, 1997; Jaurías del alba, 1998; Dibujo de mujer, 1999; El agua y la greda, 2001 y Una palmera en el fondo del cielo, 2004. Siete de estos ocho libros son de poesía.

martes, 25 de marzo de 2008

RESEÑA

La muerte propia
Por Denise León

El patrimonio olvidado
Griselda Barale
Universidad Nacional de Tucumán, 2006
117 págs.


El patrimonio olvidado de Griselda Barale es un libro que, para hablarnos de la muerte, nos habla en realidad de muchas otras cosas. Más que de la muerte en sí misma (de la que poco o nada se puede decir) el libro se ocupa de lo que socialmente hacemos los vivos con la muerte. Porque como el mismo texto sostiene sabemos que “la muerte es siempre la muerte de los otros”.
Muy pocas veces tenemos la oportunidad de asomarnos a los borradores y a las fuentes de los libros que más nos interesan. La existencia de un libro terminado anula los momentos por los que atravesó, los otros libros posibles. Pero muchas veces, en los índices quedan algunas huellas de ese camino. El índice del libro de Barale nos permite asomarnos a los vaivenes y recorridos del proyecto de investigación y leer allí una herencia teórica y metodológica.
El texto se organiza en seis capítulos, divididos a su vez en apartados: Los cementerios del Norte y el Oeste, Los mitos y la muerte, La concepción de la muerte en algunas religiones, Tumbas milagreras, Arte y kitsch en los cementerios del Norte y el Oeste, Tradiciones, tumbas, epitafios, poemas y algo más. He copiado el índice del texto porque creo que, de algún modo, en este recorrido por objetos materiales y simbólicos se intenta capturar la historia tucumana en sus “cristalizaciones menos evidentes” tal como pretendiera el filósofo alemán Walter Benjamin.
Es a partir de elementos tan excepcionales al pensamiento crítico como significativos a la expresividad popular, las tumbas milagreras, los epitafios y las necrológicas, que la autora construye un conocimiento iluminador y un saber sobre la sociedad tucumana de los siglos XIX y XX.
Dos obsesiones atraviesan el texto: la pregunta sobre la muerte situada en un determinado contexto geográfico e histórico; y la búsqueda de un contenido de verdad social, estético y filosófico en ese recorrido. De este modo, la mirada que arrojan Barale y su grupo de investigación sobre el ámbito de los cementerios del Norte y el Oeste ilumina ciertas claves sociales para pensar no sólo el pasado sino también el presente desde objetos inusuales y particulares.
Significativamente el texto carece de conclusiones o de un apartado a modo de cierre y concluye con una colección de fotografías de las distintas tumbas milagreras y monumentos funerarios descriptos en el texto. El lector queda con la sensación de que en estos objetos descuidados, ignorados o muchas veces abandonados simplemente, se esconde un saber, que es sobre todo un saber estético, secreto y esquivo, tendido hacia una dimensión social y práctica. Los cementerios, como escenarios privilegiados de nuestra concepción y actitud ante la muerte, llevan las marcas del pasado, de la explotación y el dolor, pero al mismo tiempo enuncian un futuro evanescente y contradictorio en la medida en que nos permiten pensar las diversas y silenciadas pre-historias del presente.

RESEÑA

La edad de nuestra sombra
Por César Juárez

La tumba de los viajes
Javier Foguet
Córdoba, Ediciones del Copista, 2006
59 págs


Hugo Friedrich ha dicho que la poesía selecciona este o aquel ámbito adjudicándole ciertos “movimientos, decursos, y significados que aquél no tiene primariamente”. En suma: la poesía – o más bien cierta poesía – no hace sino poner “acentos” y “límites” a lo real. Es precisamente en este gesto donde se cifra la escritura poética de Javier Foguet (1977). La tumba de los viajes – primer poemario del autor – es, en este sentido, un minucioso recorrido por espacios casi metafísicos. Digo esto no porque el poeta nos hable de un mundo de ideas imperecederas; sucede aquí todo lo contrario: lo contingente adquiere, en sus veinticinco poemas, una página que se resiste a morir. Leamos: “Has dispuesto el jardín, / la ringlera de arces, el fresno/ parecido a un arbusto del techo, / la constelación de liquidámbar / en el centro / de modo que nunca hubiera, para nuestros ojos, / la dureza de una luz intacta”. Se diría que la discreción retórica, en Foguet, deviene axial: enumeraciones, metáforas e imágenes se engarzan en los poemas con notable precisión.
Diecinueve poemas del libro están titulados; los otros seis, no. De los primeros guardo para mí “El extranjero”, “La noche”, “La tumba de los viajes” y “Elegía”. Del segundo grupo me demoro en aquel poema que encierra entre paréntesis, como si fuera un mínimo cuenco, las siguientes palabras: “(En las maniobras básicas/ te arrodillabas junto al árbol/ lo horadabas/ buscando el centro)”.
Cabe aclarar que Foguet había publicado ya una selección de sus poemas en el Nº 13 de la revista Fénix. Composiciones suyas han aparecido, además, en las antologías Señales de la nueva poesía argentina (2004) y Hotel Quequén (2006). La tumba de los viajes, por su parte, es el volumen Nº 37 de la colección Fénix dirigida por el poeta cordobés Pablo Anadón. El mismo que, en la solapa del volumen, reconoce en la escritura de Foguet: “una luz cierta, una cadencia definida”.
Si hubiera que sintetizar – en pocas palabras – la poética del autor de La tumba de los viajes, bien podríamos asomarnos al pozo de sentido que se abre en una línea del poema homónimo: “Siempre hay lugares que son el fin del mundo”. Como diría Roberto Juarroz: “La poesía es una arena tan sensible que registra la edad de nuestra sombra”.

RESEÑA

La otra conferencia
Por María José Cisneros

La conferencia de Einstein
Fabián Soberón
Universidad Nacional de Tucumán, 2006
196 páginas


Aún cuando la experiencia del caos sea nuestra experiencia más inmediata, y tal vez por ello, más auténtica, no nos resulta posible renunciar a la búsqueda de unorden. Permanentemente estamos abocados a la tarea de encontrar un sentido a la intemperie que nos rodea y nos constituye. Así lo pone de manifiesto “La Conferencia de Einstein”, una novela profundamente metafísica, en la que la búsqueda de un fundamento, de ese principio rector y dador de sentido que los griegos denominaron arkhé, constituye el hilo secreto de su estructura múltiple y fragmentaria.
Cuatro son las historias que en esta novela se narran. La primera y más importante es la de Ariel Soldati, un joven rosarino que llega a Tucumán buscando a su padre y comienza, de este modo, un viaje de iniciación de la mano tanto de Berg ( un profesor de matemáticas que cree en el orden matemático del mundo y apuesta por un orden semejante en lo social) como de la mano de un delirante astrólogo (personaje artliano éste que sueña con fundar una sociedad secreta de la que formen parte todos aquellos que “acepten la sociedad miserable en la que viven y quieran vivir como perros, sin demasiado coraje, con la única pasión que necesitan, que es la de querer averiguar lo que ha sucedido en el pasado para ver lo que vendrá”). La segunda de las historias transcurre en torno a los escritos y diálogos que establecen un pintor y un filólogo, los cuáles si bien discurren a propósito de la historia del arte y la literatura, van más allá porque realizan además una lúcida reflexión acerca de la necesidad de refundar la Argentina. Ubicado en 1950 en un observatorio astronómico de La Cocha, el tercer relato gira alrededor de las anotaciones que realiza Antonio Soldati acerca de la relación que lo une a Ricardo Klement, un misterioso personaje que proveniente de la Alemania nazi se oculta en ese recóndito lugar del mundo. La última, a la que hace alusión el nombre de la novela, es una historia especular porque se refiere, por un lado, a la conferencia que dio Albert Einstein cuando en 1925 visitó nuestro país, y por otro, a su reverso: la conferencia que para inaugurar la Academia de Ciencias de la Argentina dio Rawson, un médico que habló acerca del movimiento de los planetas, que habló acerca de un asunto que desconocía por completo.
Sin llegar nunca del todo a encontrarse, estas cuatro historias se tejen y destejen paralelamente a lo largo de la novela. Sin embargo, no es forzado decir que hay entre ellas cierto “aire de familia”. Aire que el lector más que comprender, respira porque al igual que los personajes, experimenta la imposibilidad de dar con un cosmos. Esto lo lleva a transformarse en un miembro más de la sociedad secreta de “fracasados consentidos” que pretende fundar el Astrólogo porque al continuar leyendo la novela “ha aceptado sin más” la fragmentación formal, pero sobre todo ontológica, que está propone.
Desafío este al que Fabián Soberón emprende con valentía y del sale sin duda airoso, logrando inscribir su novela dentro de la gran tradición de la novela argentina (Artl, Marechal) a la que Ricardo Piglia se refiere como aquella que cruza la “tranquera utópica de Macedonio Fernández”. Tranquera que lejos de intentar buscarla presencia de la realidad en la ficción, busca la presencia de la ficción en la realidad, apostando de este modo, a lo que vendrá, es decir a la utopía.
No es casual, en consecuencia, que la novela de Fabián Soberón se titule “La Conferencia de Einstein” en lugar de “La Conferencia de Rawson”. Título este último que le cabría en tanto resulta esta falsa conferencia una perfecta alegoría sobre la posible inconsistencia de todo fundamento. Fundamento que es buscado obsesiva e infructuosamente por Ariel a través de la figura del padre, por el Astrólogo a través los espíritus del pasado, por el filólogo y el pintor a través de la literatura y el arte. Cada cual, a su modo, está lanzado a esa tarea que se revela imposible, pero al mismo tiempo vital. Cada cual repite, a su modo, aquello que el autor dice que hizo Rawson:”arremeter sobre un asunto complejo con una hipótesis delirante”.
A pesar de ello, a pesar de ser Rawson y no Einstein el arquetipo de los héroes trágicos de la novela, es al brillante científico a quien se refiere el título. Creo que esto puede ser interpretado como una apuesta metafísica que hace el autor, quien parece querer decirnos que la clave a nuestro dilema, no está en el pasado como cree el astrólogo, no está en la búsqueda de un origen – que puede ser fallido como el de Rawson- , sino antes bien, en apostar a su contrario: al futuro, a la utopía, que como sostiene el Profesor Berg, está en las matemáticas porque:
“Un matemático explora un problema, busca ansiosamente algo que no sabe cómo resolver. No sabe lo que puede encontrar. Cuando encuentra algo, cuando descubre un nuevo teorema, tampoco sabe para qué se utilizará ese teorema.Un matemático está lidiando con lo imposible. Inventa un universo futuro, un universo para el futuro. Y ese futuro, esa invención maravillosa dirige en esa dirección a los que siguen.En este sentido, las matemáticas están ligadas a la utopía. Una teoría matemática tensiona desde el futuro a los que buscan.”